A la mayoría de la gente le resulta familiar la idea de que las estaciones influyen en nuestro estado de ánimo. Muchos se sienten con más energía en primavera, disfrutan de los largos días de verano y consideran que el invierno es una época más tranquila o más propicia para la reflexión. Sin embargo, lo que es menos conocido es que nuestras creencias morales también pueden cambiar a lo largo del año. Un estudio a gran escala realizado por la Universidad de Columbia Británica (UBC), publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), aporta pruebas de que las personas dan mayor importancia a ciertos valores morales en primavera y otoño que en verano o invierno. Estos hallazgos abren perspectivas interesantes sobre hasta qué punto nuestras decisiones están vinculadas a los ritmos biológicos.
Los valores morales no son tan inmutables como se creía desde hace tiempo
En psicología, los valores morales se consideran el pilar fundamental de nuestra convivencia social. Influyen en cómo juzgamos lo correcto y lo incorrecto, en quién confiamos, qué decisiones políticas apoyamos y cómo respondemos a los retos sociales. Durante mucho tiempo se dio por sentado que estos valores se mantenían en gran medida estables en la edad adulta. El nuevo estudio cuestiona esta suposición, al menos en parte.

¿Qué valores morales se examinaron?
El estudio se basa en la teoría de los fundamentos morales, que postula que el pensamiento moral se sustenta en varias dimensiones de valores universales. Se prestó especial atención a los denominados «valores morales vinculantes». Entre ellos se incluyen la lealtad al propio grupo, el respeto a la autoridad y la pureza en el sentido de las normas sociales o culturales. Estos valores promueven la cohesión dentro de una comunidad y suelen asociarse con actitudes políticas más conservadoras.
En contraste, se encuentran los valores más orientados al individuo, como el cuidado y la equidad. Estos hacen hincapié en la compasión, la protección de los demás y el trato igualitario de todas las personas, y se asocian con mayor frecuencia a los valores liberales.
El análisis reveló un patrón notablemente constante: en primavera y otoño, los participantes mostraban un apoyo significativamente mayor a la lealtad, la autoridad y la pureza que durante los meses de verano e invierno. Este patrón se mantuvo a lo largo de todo el periodo de observación de diez años.
¿Por qué cambiarían las actitudes morales?
El estudio no ofrece una explicación definitiva para estas fluctuaciones estacionales, pero analiza varios mecanismos posibles. Uno de los enfoques más interesantes proviene de la cronobiología, el campo de investigación que examina cómo los ritmos biológicos influyen en nuestro comportamiento, fisiología y experiencia.
La cronobiología postula que casi todos los organismos poseen relojes internos. El más conocido de ellos es el ritmo circadiano, que abarca aproximadamente 24 horas y regula el sueño, la producción hormonal, la temperatura corporal y el metabolismo. Sin embargo, son menos conocidos los denominados ritmos circanuales: procesos biológicos que varían a lo largo del año.
Estos ritmos estacionales evolucionaron como una adaptación a los cambios recurrentes del entorno. La luz del día, la temperatura, la disponibilidad de alimentos y las actividades sociales varían considerablemente a lo largo del año. Aunque las sociedades modernas compensan en parte estas fluctuaciones mediante la luz artificial, el aire acondicionado y la disponibilidad de alimentos durante todo el año, muchos sistemas biológicos siguen respondiendo a los cambios estacionales.
El cerebro se rige por la luz
El marcapasos más importante del organismo humano es la luz del día. Las señales luminosas viajan a través de la retina hasta el denominado núcleo supraquiasmático, situado en el hipotálamo, que se considera el reloj interno central del cuerpo. Desde allí se controlan numerosos procesos hormonales.

La investigación cronobiológica lleva años demostrando que la función inmunitaria, el metabolismo, los procesos inflamatorios e incluso la actividad de ciertos genes también varían estacionalmente. En este contexto, parece plausible que los procesos psicológicos también puedan estar sujetos a fluctuaciones estacionales.
Hormonas y neurotransmisores: cómo la luz podría influir indirectamente en nuestro pensamiento
Un área central de investigación en cronobiología se centra en cómo los cambios estacionales de la luz diurna influyen en la liberación de hormonas y neurotransmisores. La luz solar actúa como el cronómetro más importante de nuestro cuerpo. A través de células sensoriales especializadas en la retina, los estímulos luminosos llegan al núcleo supraquiasmático del hipotálamo —el «reloj interno» del cuerpo—. Desde allí se coordinan numerosos procesos biológicos que van mucho más allá del ciclo sueño-vigilia.
Uno de los neurotransmisores más conocidos es la melatonina, que produce principalmente la glándula pineal en la oscuridad. Esta sustancia indica al cuerpo que es hora de descansar y regenerarse. En verano, cuando los días son más largos y llega más luz natural a la retina, la producción de melatonina comienza más tarde por la noche y es, en general, menor que durante los meses de invierno, más oscuros. Esto modifica no solo los horarios de sueño, sino también numerosos procesos metabólicos y hormonales.
El sistema serotoninérgico también está estrechamente vinculado a la luz del día. La serotonina es un neurotransmisor que interviene, entre otras cosas, en la regulación del estado de ánimo, la motivación, el control de los impulsos y el comportamiento social. Varios estudios demuestran que la actividad del sistema serotoninérgico aumenta con la exposición a la luz solar. Esto se considera una de las razones por las que muchas personas se sienten con más energía y más equilibradas emocionalmente en primavera y verano. Al mismo tiempo, el cuerpo necesita la serotonina como precursor para la producción de melatonina; por lo tanto, ambos sistemas están estrechamente vinculados desde el punto de vista biológico.
La hormona del estrés, el cortisol, también sigue un ritmo circadiano bien definido y, además, presenta fluctuaciones estacionales. Normalmente, los niveles de cortisol alcanzan su máximo poco después de despertarse y disminuyen de forma constante a lo largo del día. Los datos de la cronobiología sugieren que este patrón también varía ligeramente a lo largo del año. Dado que el cortisol desempeña un papel importante en la gestión del estrés, la atención y la toma de decisiones, existe un debate en curso sobre si los cambios estacionales de esta hormona podrían contribuir también a cambios en la experiencia y el comportamiento.
A esto se suma la importancia de la vitamina D, que se produce en la piel bajo la influencia de la radiación UV-B. Aunque la vitamina D, en sentido estricto, no es una vitamina sino una sustancia similar a una hormona, influye en numerosos procesos del sistema nervioso. Los receptores de la vitamina D se encuentran, entre otros lugares, en regiones del cerebro implicadas en la regulación de las emociones. Los niveles bajos de vitamina D se asocian a diversos problemas de salud, así como a síntomas depresivos. Sin embargo, aún no se ha demostrado si la vitamina D influye directamente en los cambios estacionales de las actitudes morales.
Desde una perspectiva cronobiológica, por lo tanto, no se puede dar por sentado que una sola hormona o un neurotransmisor específico controle nuestro pensamiento moral. Lo más probable es que se trate de una compleja interacción entre la luz, el reloj biológico, los cambios hormonales, la actividad inmunitaria, el metabolismo y la experiencia emocional. Las fluctuaciones estacionales en los valores morales observadas en el estudio de la UBC podrían ser, por tanto, una expresión de una adaptación biológica que se produce simultáneamente a múltiples niveles. Cuáles son los mecanismos que ejercen mayor influencia es objeto de investigación actual.
El miedo podría desempeñar un papel clave
Los investigadores consideran que el papel del miedo y la incertidumbre podría ser una posible explicación de los cambios estacionales en los valores morales. El estudio de la Universidad de Columbia Británica mostró una correlación entre los periodos de mayores niveles de ansiedad y un mayor acuerdo con los denominados valores morales vinculantes, como la lealtad, la autoridad y la pureza.

Este patrón también podría tener sentido desde el punto de vista de la biología evolutiva. En condiciones ambientales difíciles, una fuerte cohesión grupal era crucial para la supervivencia de las comunidades. La disposición a adherirse a normas compartidas y a apoyar al propio grupo podía fomentar la cooperación y la protección.
Sin embargo, los investigadores hacen hincapié en que el miedo no determina automáticamente las actitudes morales. El pensamiento moral surge de una compleja interacción entre la personalidad, la cultura, las experiencias, las influencias sociales y los factores biológicos. Los cambios estacionales podrían ser, por lo tanto, una expresión de la interacción entre el entorno, el reloj biológico del cuerpo y la experiencia emocional.
Las raíces evolutivas de los comportamientos estacionales
Este patrón también tiene sentido desde la perspectiva de la psicología evolutiva. A lo largo de la mayor parte de la historia de la humanidad, las estaciones han supuesto diferencias significativas en la disponibilidad de alimentos, el clima y las posibilidades de supervivencia. Las comunidades tuvieron que adaptarse repetidamente a las condiciones ambientales cambiantes.
En épocas de mayor incertidumbre, una mayor cohesión social podría haber mejorado las posibilidades de supervivencia. La lealtad hacia el propio grupo, el respeto por las normas compartidas y la adhesión a las normas sociales habrían facilitado la cooperación y reducido los conflictos. Es posible que dichos mecanismos sigan influyendo en nuestro comportamiento hoy en día, aunque en menor medida.
¿Cuál es la importancia de estos hallazgos?
Si se confirman los resultados de futuros estudios, podrían tener consecuencias prácticas de gran alcance. Las convicciones morales influyen en las actitudes políticas, los fallos judiciales y el comportamiento social. Investigaciones anteriores ya han demostrado que los valores morales pueden, por ejemplo, influir en la disposición de una persona a vacunarse durante una pandemia o a cumplir las medidas de protección.
En teoría,los cambios estacionales también podrían influir en el sistema jurídico. Las personas que conceden mayor importancia a los valores vinculantes suelen juzgar con mayor severidad las infracciones de las normas. Sin embargo, aún no se ha investigado lo suficiente si esto afecta realmente a las decisiones judiciales.
También es concebible que influya en las decisiones de voto o en los debates sociales. Si las prioridades morales cambian ligeramente a lo largo del año, los mensajes políticos podrían percibirse de forma diferente según la estación. Sin embargo, estas consideraciones siguen siendo hipótesis y requieren un mayor análisis científico.
Lo que el estudio no demuestra
A pesar de los intrigantes resultados, se recomienda cautela a la hora de interpretarlos. El estudio revela correlaciones, pero no puede demostrar una relación de causalidad. No demuestra que las estaciones alteren directamente nuestro pensamiento moral, ni que los ritmos biológicos por sí solos sean los responsables de las diferencias observadas. El estudio tampoco implica que las personas actúen, en general, de manera más «moral» o «inmoral» en verano o en invierno. Más bien, las prioridades de valores individuales varían dentro de un sistema moral globalmente estable. Las diferencias observadas son estadísticamente significativas, pero se sitúan dentro de un rango moderado.
El estudio de la Universidad de Columbia Británica aporta pruebas fascinantes de que nuestras convicciones morales pueden ser más dinámicas de lo que se suponía anteriormente. En concreto, la lealtad, la autoridad y la pureza parecen cobrar algo más de importancia en primavera y otoño que en verano o invierno.
La cronobiología ofrece una explicación plausible para ello. Los cambios estacionales en la luz del día, las hormonas, los neurotransmisores y los estados emocionales también podrían contribuir a ligeros cambios en las evaluaciones sociales. Por ahora, se trata principalmente de hipótesis científicas. No obstante, los resultados subrayan de manera impresionante que el comportamiento humano no viene determinado únicamente por la cultura o las creencias personales, sino que también puede verse influido por los ritmos biológicos —ritmos que nos han acompañado a lo largo de nuestra evolución y que siguen moldeando nuestros pensamientos y acciones hasta el día de hoy.








