Desde hace tiempo se considera que la cantidad de sueño que dormimos es un factor importante para nuestra salud. Pero dormir por la noche no es simplemente una cuestión de un número determinado de horas. Mientras dormimos, nuestro cerebro pasa por diversas fases del sueño que se alternan varias veces a lo largo de la noche. Un nuevo y amplio estudio demuestra ahora que esta arquitectura del sueño también parece estar relacionada con la salud futura.
Investigadores de la Universidad Médica Capital de China analizaron los datos de sueño de 95.559 personas del Biobanco del Reino Unido. Los participantes llevaron un sensor de movimiento en la muñeca durante siete días y noches. A continuación, los datos se analizaron mediante un método de aprendizaje profundo para estimar las diferentes fases del sueño y otras características del mismo.
Los resultados son notables: un mayor tiempo de sueño REM se asoció estadísticamente con un menor riesgo de padecer 83 enfermedades diferentes. Un mayor tiempo de sueño profundo también se relacionó con un menor riesgo de padecer varias enfermedades. Al mismo tiempo, las duraciones de sueño muy cortas, los patrones de sueño irregulares y los períodos más largos de vigilia durante la noche se asociaron con peores resultados de salud. Pero, ¿qué hay detrás de estas correlaciones?
El sueño es más que el simple tictac de un reloj
Cualquiera que responda «siete horas» a la pregunta matutina «¿Cuántas horas has dormido?» está describiendo solo una parte de lo que ocurrió durante la noche. Esto se debe a que el sueño consta de diferentes fases. En términos sencillos, se distinguen tres categorías principales: sueño ligero, sueño profundo y sueño REM. Estas fases se alternan a lo largo de la noche en ciclos recurrentes. El sueño REM es la fase en la que se producen sueños vívidos con especial frecuencia. REM son las siglas de «movimiento ocular rápido» (Rapid Eye Movement). Al mismo tiempo, el cerebro se muestra inusualmente activo durante esta fase.
El sueño profundo, por su parte, forma parte de lo que se conoce como sueño no REM y suele describirse como una fase del sueño especialmente reparadora. Durante este tiempo, la actividad cerebral cambia significativamente, al tiempo que tienen lugar diversos procesos de recuperación física. Esto significa que dos personas pueden pasar ambas siete horas en la cama y, aun así, presentar arquitecturas del sueño ligeramente diferentes. Fueron precisamente estas diferencias las que los investigadores quisieron examinar más de cerca.
Casi 100 000 personas observadas a lo largo de varios años
Para el estudio, el equipo de investigación se basó en datos del UK Biobank, un estudio longitudinal británico a gran escala. El análisis final incluyó a 95 559 personas. La edad media era de aproximadamente 56 años. A continuación, se realizó un seguimiento de los participantes durante una mediana de 8,9 años. Durante este periodo, los investigadores pudieron utilizar datos de salud para identificar qué enfermedades se habían diagnosticado por primera vez.
El número de características de salud examinadas fue especialmente amplio. Los científicos tuvieron en cuenta 1.049 fenotipos de enfermedades diferentes e investigaron si determinadas características del sueño estaban asociadas estadísticamente con su posterior aparición. De este modo, el estudio fue mucho más allá que muchos estudios tradicionales sobre el sueño, que, por ejemplo, se centran únicamente en las enfermedades cardiovasculares, la diabetes o la depresión.
¿Cómo se midió el sueño?
Una diferencia importante con respecto a muchos estudios anteriores radica en el método de recopilación de datos. Los participantes no tenían que informar cada mañana de cuánto tiempo habían dormido. En su lugar, llevaban un acelerómetro en la muñeca. Estos dispositivos registran el movimiento. A continuación, utilizando un algoritmo de aprendizaje profundo desarrollado específicamente llamado SleepNet, se obtuvieron diversos parámetros del sueño a partir de los datos de movimiento. Entre ellos se incluían el sueño REM, el sueño profundo, el sueño ligero, la duración total del sueño, los periodos de vigilia nocturnos y la regularidad del sueño. Esto tiene una ventaja: los investigadores no dependían únicamente de la memoria de los participantes.
Sin embargo, también existe una limitación importante. Un sensor de movimiento en la muñeca no es lo mismo que la medición del sueño en un laboratorio del sueño. En una polisomnografía tradicional, se registran directamente, entre otras cosas, las ondas cerebrales, los movimientos oculares y la actividad muscular. Por el contrario, en este estudio las fases del sueño se estimaron algorítmicamente a partir de los datos de aceleración. Por lo tanto, los resultados son interesantes, pero deben interpretarse en consecuencia.
Un mayor sueño REM se asoció con un menor riesgo de enfermedad
La asociación fue especialmente clara en el caso del sueño REM. Los investigadores descubrieron que un aumento de la duración del sueño REM de un rango intercuartílico —equivalente a 47,6 minutos— se asociaba con un menor riesgo de padecer 83 enfermedades. Entre ellas se incluían afecciones de diversas categorías, como enfermedades cardiovasculares, trastornos neurológicos y otras afecciones de salud. En el caso de algunas enfermedades, las asociaciones estadísticas fueron especialmente pronunciadas.

El sueño REM reviste un especial interés científico porque el cerebro está muy activo durante esta fase. En ciertos aspectos, la actividad neuronal se asemeja más al estado de vigilia que durante otras fases del sueño. El sueño REM se asocia, entre otras cosas, con la consolidación de la memoria, el procesamiento emocional y ciertos procesos de aprendizaje. Esto no significa que el sueño REM sea el único responsable de estas funciones. El sueño es una compleja interacción de diferentes fases. Por lo tanto, el nuevo estudio aporta más pruebas de que una arquitectura del sueño equilibrada puede ser relevante para la salud.
El sueño profundo también mostró correlaciones interesantes
No solo destacó el sueño REM. Una mayor duración del sueño profundo se asoció con un menor riesgo de padecer siete enfermedades. Entre ellas se encontraban, entre otras, la diabetes tipo 2 y los trastornos depresivos mayores. También se observó una correlación con la enfermedad de Parkinson. Por ejemplo, con un aumento intercuartílico de 47,5 minutos en el sueño profundo, la razón de riesgo fue de 0,89 para la diabetes tipo 2 y de 0,86 para el trastorno depresivo mayor.
Una vez más, es importante señalar que el estudio muestra asociaciones y no demuestra un efecto protector. No obstante, los resultados subrayan que, al preguntarnos «¿duermo lo suficiente?», puede que no todo se reduzca únicamente al número total de horas.
La falta de sueño destacó especialmente
Los resultados correspondientes a las personas con una duración del sueño muy corta fueron especialmente llamativos. Los investigadores examinaron la relación entre la duración del sueño y 86 fenotipos de enfermedades diferentes. En 69 de ellos, el intervalo con el riesgo más bajo observado se situaba predominantemente entre seis y ocho horas de sueño. Por otro lado, las personas que dormían menos de cinco horas mostraron un número especialmente elevado de asociaciones desfavorables.
En este grupo se encontraron asociaciones desfavorables significativas para 37 enfermedades en comparación con el grupo de referencia de seis a ocho horas. Sin embargo, esto no significa que todo el mundo necesite exactamente siete horas de sueño. Las necesidades individuales de sueño varían. La edad, los factores genéticos, el estilo de vida, el estado de salud y muchos otros factores influyen. Más bien, el estudio muestra que las duraciones de sueño muy cortas se asociaron con un amplio espectro de riesgos para la salud en esta población.
El ritmo del sueño también parece influir
Otro aspecto interesante del estudio fue la cuestión de la regularidad con la que duermen las personas. Los resultados mostraron que unas mayores fluctuaciones de una noche a otra se asociaban con un mayor riesgo de padecer varias enfermedades. Una mayor irregularidad en el sueño se relacionó, entre otras cosas, con un mayor riesgo de trastornos de ansiedad y trastornos depresivos mayores. El tiempo que las personas permanecían despiertas tras conciliar el sueño también influyó.
Este llamado «tiempo de vigilia tras conciliar el sueño» —conocido en la jerga técnica como WASO, «wake after sleep onset»— se asoció con un mayor riesgo de seis afecciones. Entre ellas se incluían, entre otras, el abuso de alcohol, la dependencia de sustancias psicoactivas y la osteoartritis. Esto deja claro que la calidad del sueño no se reduce únicamente a conciliar el sueño rápidamente. La cuestión de hasta qué punto el sueño es estable y continuo a lo largo de la noche también podría ser relevante para la salud a largo plazo.
Un ritmo regular podría ser más importante de lo que se pensaba
Este aspecto resulta especialmente interesante desde una perspectiva cronobiológica. Nuestro organismo no funciona independientemente de un reloj interno. El denominado ritmo circadiano controla, entre otras cosas, el sueño y la vigilia, la temperatura corporal, la liberación de hormonas y numerosos procesos metabólicos. Este ritmo se sincroniza diariamente mediante señales externas. La luz es la señal temporal más importante.

Esto significa que existía un rango dentro del cual el riesgo observado era más bajo, mientras que tanto las duraciones de sueño muy cortas como las más largas podían asociarse con determinadas enfermedades de forma más desfavorable. Para la mayoría de las enfermedades examinadas que mostraban dicha relación, el rango con menor riesgo se situaba entre seis y ocho horas. Esto concuerda con la idea de que el sueño no puede acortarse ni prolongarse arbitrariamente de forma indefinida sin alterar las asociaciones relacionadas con la salud.
Los investigadores encontraron un total de 156 asociaciones significativas
Al considerar en conjunto todas las características del sueño examinadas, el denominado «análisis de asociación a nivel de fenotipo» —tras una corrección rigurosa por pruebas múltiples— identificó un total de 156 asociaciones estadísticamente significativas entre las características del sueño y las enfermedades de nueva aparición.
Entre ellas se encontraban, entre otras:
- 83 asociaciones con la duración del sueño REM,
- 7 con el sueño profundo,
- 7 con el sueño ligero,
- 50 con la duración total del sueño,
- 6 relacionadas con el tiempo de vigilia tras conciliar el sueño,
- 3 con la irregularidad del sueño.
Esta amplia distribución ilustra lo compleja que es la relación entre el sueño y la salud. Al parecer, no existe un único parámetro del sueño que explique todos los resultados de salud.
¿Qué ocurre realmente durante la noche?
Para comprender mejor los resultados, conviene echar un vistazo al ciclo normal del sueño. Tras conciliar el sueño, primero comienza el sueño no REM. A este le siguen fases de sueño más profundas. Más adelante en la noche, la proporción de sueño REM suele aumentar. Esta secuencia se repite varias veces.

Lo que el estudio no puede demostrar
Por muy interesantes que sean los resultados, el estudio presenta una limitación fundamental: se trata de un estudio observacional. En otras palabras, los investigadores observaron los patrones de sueño de las personas y qué enfermedades se manifestaron posteriormente. No alteraron experimentalmente el sueño de los participantes. Por lo tanto, no se puede afirmar que «un mayor sueño REM prevenga la demencia». Tampoco se pueden utilizar los datos para concluir que «las personas que duermen menos de cinco horas enfermarán».
Podría ser, por ejemplo, que ciertos factores de salud o sociales influyeran tanto en el sueño como en el riesgo posterior de padecer enfermedades. Aunque los investigadores realizaron numerosos ajustes estadísticos y análisis de sensibilidad —e incluso tras un periodo de seguimiento de dos años en el que no se tuvieron en cuenta las enfermedades de nueva aparición—, muchas correlaciones persistieron, por lo que sigue existiendo la posibilidad de lo que se conoce como «confusión residual».
Hay que tener en cuenta otro aspecto. El estudio se basa en el Biobanco del Reino Unido. Los participantes tenían una edad media de 56 años y procedían, en su mayoría, de la población británica. En el grupo analizado, el 96,9 % se identificó como de raza blanca. Por lo tanto, los resultados no pueden generalizarse automáticamente a todos los grupos de edad ni a todas las poblaciones del mundo. Esto es especialmente relevante porque los hábitos de sueño, los horarios de trabajo, las condiciones de iluminación, la cultura y el estilo de vida pueden variar considerablemente entre los distintos grupos de población.
Conclusiones del estudio
El estudio amplía nuestra comprensión de lo que es un sueño saludable. Parece que no se trata únicamente de alcanzar una cifra concreta en el reloj. Entre los factores importantes pueden figurar la interacción de las diferentes fases del sueño, la regularidad del sueño, los períodos más largos de vigilia durante la noche y la duración total del sueño.
Resultó especialmente llamativo que una duración del sueño de entre seis y ocho horas se asociara con el menor riesgo de padecer numerosas enfermedades estudiadas, mientras que las duraciones muy cortas del sueño, inferiores a cinco horas, se relacionaron con un número especialmente elevado de asociaciones adversas. Para la cronobiología, sin embargo, la combinación de la duración del sueño y el ritmo del sueño reviste un interés particular.
Una persona puede pasar suficiente tiempo en la cama y, aun así, tener un ritmo muy irregular. Por el contrario, un ritmo regular no puede compensar por completo la falta crónica de sueño.
La calidad del sueño no comienza solo cuando uno se duerme
El nuevo estudio demuestra de forma contundente que el sueño es un patrón biológico complejo. El sueño REM, el sueño profundo, el sueño ligero, la duración del sueño, los despertares nocturnos y la regularidad de una noche a otra se asocian, cada uno de ellos, a diferentes resultados de salud.
El sueño REM destacó especialmente en este estudio: una mayor duración del sueño REM se asoció con un menor riesgo de padecer 83 enfermedades. Un mayor sueño profundo se asoció con un menor riesgo de siete enfermedades. Al mismo tiempo, una duración del sueño muy corta, un sueño irregular y unos despertares más frecuentes durante la noche se relacionaron con diversos resultados adversos para la salud. Sin embargo, los resultados no demuestran que las enfermedades puedan prevenirse alargando específicamente las fases individuales del sueño.
Más bien, muestran que la calidad y la estructura de nuestro sueño pueden ser tan importantes para la salud a largo plazo como el número de horas que dormimos. Esto abre una vía interesante para la investigación: en el futuro, quizá ya no se preste atención únicamente a cuánto tiempo dormimos, sino también a cómo se organiza nuestro sueño a lo largo de la noche y en qué medida se ajusta a nuestro reloj biológico interno.








