Un nuevo análisis del proceso de envejecimiento biológico en todo el cuerpo humano sugiere que tanto dormir muy poco como dormir demasiado están relacionados con un envejecimiento acelerado del cerebro, el corazón, los pulmones, el sistema inmunitario y otros órganos. Estos patrones de sueño también se han relacionado con diversas enfermedades.
«Estudios anteriores han demostrado que el sueño está estrechamente relacionado con el envejecimiento y el estrés patológico en el cerebro. Nuestro estudio va un paso más allá y demuestra que tanto dormir muy poco como dormir demasiado están asociados con un envejecimiento acelerado en casi todos los órganos. Esto respalda la idea de que el sueño es importante para mantener la salud de los órganos dentro de una red coordinada entre el cerebro y el cuerpo, lo que incluye el equilibrio metabólico y un sistema inmunitario sano», afirmó el autor principal del estudio, Junhao Wen, profesor adjunto de radiología en la Facultad de Medicina y Cirugía Vagelos de la Universidad de Columbia. Los resultados de la investigación se publicaron en la revista *Nature*.
Los relojes biológicos revelan cómo envejecen los órganos
Los científicos recurren cada vez más a los relojes de envejecimiento para estimar si una persona está envejeciendo biológicamente más rápido o más lento de lo que sugeriría su edad cronológica. Estas herramientas se basan en el aprendizaje automático y en datos biológicos (por ejemplo, proteínas obtenidas mediante un análisis de sangre mínimamente invasivo) para calcular los patrones asociados al envejecimiento. Muchos relojes biológicos ofrecen un único indicador para todo el cuerpo. Sin embargo, los distintos órganos pueden envejecer a ritmos diferentes. Un ejemplo muy conocido es el deterioro de la función ovárica, que influye en el reloj biológico relacionado con la fertilidad femenina.
Wen y sus colegas han desarrollado relojes biológicos que se centran en órganos concretos. El objetivo es proporcionar información más detallada y, potencialmente, más personalizada sobre la salud de una persona. «Todo el mundo está entusiasmado con estos relojes biológicos y su capacidad para predecir el riesgo de enfermedad y la mortalidad», afirma Wen. «Pero para mí, la pregunta más interesante es: ¿podemos vincular los relojes biológicos a un factor del estilo de vida que se pueda modificar a tiempo para ralentizar el proceso de envejecimiento?».
El concepto de edad biológica difiere de la edad cronológica. Por ejemplo, dos personas pueden tener ambas 60 años, pero sus órganos y procesos metabólicos pueden verse afectados en distintos grados por el proceso de envejecimiento. Factores como el ejercicio, la dieta, el tabaquismo, las enfermedades crónicas, el estrés y, posiblemente, también el sueño pueden estar relacionados con estas diferencias. Un reloj biológico de envejecimiento intenta reflejar esas diferencias basándose en características biológicas medibles. En otras palabras, no se limita a indicar la edad de una persona, sino que intenta evaluar en qué medida determinadas características biológicas ya muestran cambios relacionados con la edad. El análisis de órganos individuales resulta especialmente interesante en este contexto. El cerebro, por ejemplo, puede tener una edad biológica diferente a la del corazón, los pulmones o el hígado. Por lo tanto, una persona podría parecer sana en general, mientras que ciertos sistemas orgánicos ya parecen estar más envejecidos que otros. Son precisamente estas diferencias las que pueden revelar los relojes biológicos.
La búsqueda del sueño óptimo
El sueño ofrecía a los investigadores una oportunidad ideal para explorar esta cuestión, ya que cada vez hay más pruebas que sugieren que el sueño desempeña un papel importante en la salud. Wen también tenía un interés personal en este tema. «Yo mismo tengo el sueño muy ligero y poco a poco empezaba a preocuparme por los efectos que esto tenía en mi propia salud», afirmó Wen.
Para crear los relojes de envejecimiento, Wen utilizó datos de aproximadamente medio millón de participantes del Biobanco del Reino Unido. Mediante el aprendizaje automático, los investigadores identificaron firmas biológicas asociadas al envejecimiento en diversos órganos. Los investigadores crearon relojes de envejecimiento basados en diversos tipos de información, entre ellos mediciones estructurales obtenidas a partir de imágenes médicas, proteínas asociadas a órganos específicos y moléculas detectadas en la sangre. «En el hígado, por ejemplo, contamos con un reloj de envejecimiento basado en datos proteicos, otro basado en datos metabólicos y otro basado en datos de imágenes», explica Wen. «Esto nos permite determinar si el sueño está asociado de formas específicas con los relojes de envejecimiento derivados de diferentes niveles ómicos y moleculares». A continuación, el equipo comparó la duración del sueño (según lo informado por los participantes individuales del biobanco) con las estimaciones de la edad biológica basadas en 23 relojes de envejecimiento que abarcaban 17 sistemas orgánicos.
La envergadura del estudio es un factor clave en este caso. Con alrededor de medio millón de participantes, los investigadores pudieron analizar un conjunto de datos muy amplio y buscar patrones que quizá no fueran detectables en estudios más pequeños. Al mismo tiempo, este tipo de análisis es un estudio observacional. En otras palabras, los participantes no fueron asignados aleatoriamente a diferentes duraciones de sueño, sino que indicaron cuánto tiempo suelen dormir. Esto es crucial para la interpretación. Si las personas que duermen muy poco o mucho parecen biológicamente más mayores, esto solo significa, en un primer momento, que estas dos características se dan juntas. No se deduce automáticamente que la duración del sueño en sí misma sea la causa del envejecimiento acelerado.
Dormir muy poco o demasiado se asocia con un envejecimiento más rápido
Se observó un claro patrón en forma de U en todo el cuerpo. Las personas que declararon dormir poco (menos de 6 horas) o mucho (más de 8 horas) tendían a mostrar un envejecimiento biológico más rápido. El envejecimiento más lento se observó en las personas que declararon dormir entre 6,4 y 7,8 horas al día. El patrón en forma de U resulta especialmente interesante. Sugiere que la regla de que «cuanto más duerma una persona, mejor» no se aplica de forma tan simple. En cambio, se encontró que la asociación con la edad biológica más baja se daba dentro de un rango moderado. Tanto las duraciones de sueño muy cortas como las muy largas se relacionaron con puntuaciones de envejecimiento más elevadas.

Es importante señalar que los resultados no demuestran que la duración del sueño, por sí sola, provoque que los órganos envejezcan más rápido o más lento. Más bien, sugieren que tanto dormir muy poco como dormir demasiado podrían ser un indicio de un peor estado de salud general. Por lo tanto, la relación con el sueño prolongado, en particular, debe interpretarse con cautela. Dormir más tiempo, por ejemplo, puede ser consecuencia de una afección preexistente, del agotamiento o de una mala calidad del sueño. En este caso, el sueño prolongado no sería necesariamente la causa de los cambios en la salud. En cambio, una afección subyacente podría influir tanto en el sueño como en los marcadores biológicos del envejecimiento.
Por qué el sueño podría ser importante para los órganos que envejecen
El sueño no es simplemente un periodo en el que el cuerpo permanece inactivo. Durante las distintas fases del sueño, la actividad cerebral cambia y, al mismo tiempo, se producen procesos reguladores en todo el cuerpo. Se ajusta el metabolismo, el sistema inmunitario modifica su actividad y se reajustan las señales hormonales. El cerebro, asimismo, experimenta durante el sueño procesos característicos asociados al procesamiento de la información y al mantenimiento de su funcionamiento normal.
Por lo tanto, un sueño persistentemente alterado o acortado podría afectar simultáneamente a múltiples sistemas biológicos. Si dichos cambios persisten durante muchos años, es concebible que también puedan repercutir en la salud a largo plazo de diversos órganos. Esto podría explicar por qué el estudio encontró asociaciones no solo con la edad biológica del cerebro, sino también con los marcadores de envejecimiento de numerosos otros sistemas orgánicos. El sueño podría actuar como una especie de regulador común de diversas funciones corporales.
La duración del sueño está relacionada con enfermedades en todo el cuerpo
Los resultados también apuntan a una conexión de gran alcance entre el sueño, el cerebro y el resto del cuerpo. La corta duración del sueño se asoció significativamente con episodios depresivos y trastornos de ansiedad, lo que concuerda con investigaciones anteriores que relacionan la falta de sueño con problemas de salud mental. También se relacionó con la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, la cardiopatía isquémica y las arritmias cardíacas. Tanto la duración corta como la larga del sueño se asociaron con la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y el asma. Asimismo, se relacionaron con diversos trastornos digestivos, entre ellos la gastritis y la enfermedad por reflujo gastroesofágico.

Sin embargo, es importante distinguir entre una correlación y una relación causal. Por ejemplo, las personas con diabetes, enfermedades cardiovasculares o enfermedades respiratorias crónicas pueden dormir peor o tener una mayor necesidad de dormir. Por lo tanto, la propia enfermedad podría explicar en parte por qué ciertos patrones de sueño se dan con mayor frecuencia en estas personas.
Sueño, envejecimiento y depresión en la tercera edad
Estos relojes biológicos específicos de cada órgano también podrían ayudar a los científicos a comprender cómo se relaciona el sueño con enfermedades concretas. Wen y sus colegas investigaron esta posibilidad utilizando la depresión en la vejez como caso de estudio. Los investigadores no pudieron determinar si las diferencias en la duración del sueño provocaban la depresión en la vejez o si era la propia depresión la que alteraba la duración del sueño de las personas afectadas. Para profundizar en este aspecto, el equipo utilizó un «análisis de mediación» con el fin de examinar si el envejecimiento biológico podría ayudar a explicar la asociación entre el sueño corto o largo y la depresión en la vejez.
Los resultados sugirieron que el sueño corto podría estar más directamente relacionado con la carga de la depresión en la vejez. El sueño largo, por su parte, podría influir en la depresión a través de mecanismos reflejados en los relojes biológicos del cerebro y del tejido adiposo. «Esto tiene importantes implicaciones para la futura gestión del sueño y los enfoques terapéuticos», afirmó Wen. «Nuestro estudio sugiere que puede haber diferentes vías biológicas en las personas que duermen mucho y en las que duermen poco que conducen al mismo resultado —la depresión en la vejez— y que no deberíamos tratarlas de la misma manera».
Esta distinción podría resultar especialmente importante para futuras investigaciones. Si, efectivamente, el sueño corto y el largo están relacionados con la depresión a través de mecanismos biológicos distintos, quizá no tenga sentido tratar ambos patrones de sueño de la misma manera. Para una persona que duerme crónicamente muy poco, por ejemplo, la privación del sueño y una rutina de sueño alterada podrían ser las principales preocupaciones. Por el contrario, en el caso de una persona que duerme inusualmente mucho, podría ser necesario investigar una afección médica subyacente, la propia depresión u otra causa relacionada con la salud. Los hábitos de sueño también pueden cambiar, especialmente con la edad. Algunas personas tienen un sueño más ligero y se despiertan con más frecuencia, mientras que otras permanecen más tiempo en la cama debido a problemas de salud o a la medicación. Por lo tanto, un cambio en la duración del sueño no debe analizarse de forma aislada.
Qué significan los resultados para un envejecimiento saludable
El estudio no aporta pruebas de que una cantidad específica de sueño pueda ralentizar el proceso de envejecimiento del organismo. Sin embargo, sí revela una interesante conexión entre el sueño y la edad biológica que parece extenderse más allá del cerebro. Por lo tanto, el envejecimiento saludable puede depender no solo de la alimentación y la actividad física, sino también de mantener un patrón de sueño lo más estable y suficiente posible. Probablemente, la clave no radique tanto en dormir exactamente el mismo número de horas cada noche. Es mucho más importante prestar atención a los propios hábitos de sueño y a cualquier posible cambio a largo plazo.
Cualquiera que duerma habitualmente menos de seis horas o que, de repente, duerma mucho más tiempo que antes no debería descartar ese cambio como algo normal del envejecimiento. Sobre todo, un cambio duradero en los patrones de sueño puede ser un indicio de que hay otros factores de salud o psicológicos en juego. Al mismo tiempo, no hay que preocuparse por unas pocas noches de sueño deficiente. El estudio analiza los patrones de sueño a largo plazo en un amplio grupo de población, no los efectos de una noche de sueño escaso ocasional.








